¡Qué casualidad!
Ni la Justicia ni la Policía, es decir, ni el Gobierno ni el Gobierno quieren meter en la cárcel a un tío que confiesa haber vendido a los etarras mercancía mortal, avíos de cementerio, piezas del siniestro mecano con el que, muerto sobre muerto, los separatistas vascos pretenden construir su Estado totalitario.
En realidad, la Policía difundió la especie de que Nayo estaba muerto para disuadir a la prensa de buscarlo. Y el Gobierno ZP sigue empeñado en decir que la ETA no ha tenido nada que ver con la masacre del 11-M. ¡Cosas del PP!
Que salieran a la vez dos furgonetas de explosivos camino de Madrid, una de islamistas desde Asturias y otra de etarras desde Francia es, según el Gobierno del PSOE, una casualidad.
Que la ETA consiguiera un coche cargado con explosivos para hacerlo estallar en el paseo marítimo de Santander mediante el curioso procedimiento (inédito en la historia del terrorismo) de coger un taxi en una calle de un barrio de una ciudad española y presentarse en otra provincia, en otra ciudad, en otro barrio y en un callejón al lado mismo del garaje de un tal Trashorras, encarcelado como miembro de la banda que vendió los explosivos del 11-M, es otra casualidad.
Reconózcase que gigantesca: hay cientos de miles de millones de posibilidades de que un terrorista coja un taxi y le diga que vaya a cualquier calle de cualquier otra provincia a ver si encuentra un coche listo para explotar y no encuentre nada más que el recibo del taxi, que la banda pagará antes de despedir al terrorista, por zoquete.
Pero los etarras son tan listos que juegan a la ruleta rusa y le dan en la nuca a un concejal.¡Pasmosa casualidad!
Otra más: a uno de los más destacados terroristas islámicos, durante un registro carcelario, se le encuentra en el pantalón la dirección de uno de los más sanguinarios terroristas etarras, pero esto también es casualidad. Lo que podríamos llamar casualidad de bolsillo. Ahora aparece un tipo de la banda que vendió los explosivos para la masacre de Madrid y dice que llevaban varios años vendiendo dinamita a la ETA, antes de buscar a quien supiera montar bombas con móviles.
Pero ni la Policía ni la Justicia muestran el menor interés en capturar a ese delincuente, carearlo con sus colegas de la banda, presos o en libertad, y averiguar quién dio la orden para perpetrar la masacre del 11-M.
¿También ese cambio fue casual? También. Lo dice el Gobierno que, casualmente, se ha beneficiado del crimen y se niega escandalosamente a esclarecerlo. ¡Cuánta casualidad!
