División nacionalista
LAS diversas familias del nacionalismo vasco celebraron ayer por separado el Aberri Eguna o «Día de la Patria Vasca», con el alto el fuego anunciado por ETA como telón de fondo de los discursos de sus líderes. La situación no es novedosa, porque entre los nacionalistas vascos siempre ha existido una pugna continua por la hegemonía interna y el liderazgo en el País Vasco, que les ha llevado a fuertes tensiones entre ellos, aunque con capacidad contrastada para reagruparse en tantos frentes como requiriera en cada momento la coyuntura. De hecho, en el Parlamento de Vitoria están presentes cuatro formaciones nacionalistas, dos de las cuales, Eusko Alkartasuna y Aralar, son fruto de escisiones, respectivamente, del PNV y de lo que en su día se denominara Herri Batasuna.El alto el fuego anunciado por ETA no ha aproximado posiciones en el mundo nacionalista, sino que ha remarcado las diferencias tácticas y estratégicas entre el PNV y las demás formaciones que lo integran.
La situación actual del PNV es, en este sentido, especialmente significativa. Apartado de los movimientos abertzales impulsados por el entramado batasuno -como el Foro de Debate Nacional-, pero anclado en proclamas soberanistas caducadas -«los derechos históricos son la Constitución de los vascos», dijo ayer un impenitente Ibarretxe- y empeñado en auparse a la cresta de la ola anunciando antes que nadie una mesa de partidos, los primeros pasos del llamado proceso de paz confirman que se le acerca al PNV la factura de más de veinte años de esa doble moral ante el terrorismo que le permitía rechazarlo formalmente pero acumular réditos políticos por su continuidad.
En un reciente «zutabe» especial -boletín interno de ETA-, los terroristas diagnosticaban que el PNV «vive uno de sus peores momentos» y que «no puede esconder sus contradicciones internas». No es para menos que los líderes del PNV sospechen que entre los resultados últimos de la posible pacificación del País Vasco se encuentre su reducción a una formación no hegemónica, como lo era hasta ahora, privada del cínico argumento de postularse como solución ineludible para un problema -el terrorismo etarra- que nunca quiso resolver. La descolocación del PNV no viene dada por el estancamiento del Plan Ibarretxe -cuyos principios han acrisolado un denominador común de todo el nacionalismo, desde el democrático al terrorista, plenamente vigente-, sino por el fracaso de su estrategia de absorber a Batasuna/ETA aprovechándose de la sistemática labor de desmantelamiento por el Estado llevada a cabo en los últimos años. Ahora, el riesgo se ha invertido, porque es la izquierda abertzale la que abre la expectativa contraria y porque, en el punto de partida del proceso de diálogo entre ETA y el Gobierno, el PNV no cuenta de manera imprescindible para el buen fin de la empresa.
Cuestión distinta es que tanto socialistas como batasunos caigan en el error de menospreciar la capacidad de maniobra de un partido acostumbrado a carecer de escrúpulos y a cambiar de montura a mitad de carrera tantas veces como fuera preciso. Lo demostró, por ejemplo, en 1997, cuando gobernaba con el PSOE en Vitoria, apoyaba al PP en Madrid y empezaba a negociar en secreto con ETA.El terrorismo nunca ha sido un problema ético para las direcciones del PNV, sino una cuestión meramente política. Si realmente su actual presidente, Josu Jon Imaz, cree que «mezclar la autodeterminación con el proceso de paz sería justificar la violencia», como declaró a un medio de comunicación, tendrá que obrar en consecuencia y armar un discurso nítido e inequívoco ante las numerosas disyuntivas -morales, políticas y legales- que va a plantear el proceso de negociación con ETA. Entre tanto, la diferencia con experiencias similares anteriores es que el PNV es consciente de que no tiene la iniciativa y de que, por el momento, sus más de dos décadas gobernando omnímodamente el País Vasco no sólo no están condicionando el curso de los acontecimientos, sino que éstos se están fraguando al margen de un partido que, con todo el poder político, social, cultural y económico en sus manos, nunca se implicó en lograr la paz para los vascos.



